Era un 18 de octubre del 2010, el día en que me enrumbaría en un viaje sin fin, al parecer me levanté con el pie izquierdo, pues aquel día fue de tropiezos de inicio a fin. Por la mañana resbalé en el corredor que lleva a la sala, cuando me bañaba se fue el agua y quede como pez recién salido del río, luego el jugo que tomé en el desayuno estaba vencido, para poner “la cereza al pastel”, casi me cerceno el dedo con el portón de la casa.
Mi mama, con el pelo alborotado cara de no haber pasado bien la noche, algo agitada por el calor que hacía aquella trágica mañana y con un humor del diablo que últimamente la caracteriza, dijo: “parece que te jugó la cegua, yo en tú lugar ni salgo de la casa”, pero no hice caso a sus advertencias, pues, supuse que si me quedaba en casa, me iban a mandar al mercado y me obligaría a limpiar el desorden en mi cuarto.
Al llegar a la universidad, las cosas empeoraron, casi ruedo por las escaleras de la entrada, el bosquecito estaba fresco, lleno de sombra y de pajarillos que trinaban, sin ruidos molestos, ni estudiantes, al parecer todos decidieron ir a clases, tomé asiento para relajarme y ver si la suerte me cambiaba.
En efecto, al parecer la nube negra que flotaba sobre mí, se aburrió y se fue, pues el resto de la tarde transcurrió sin mayores problemas.
A las 4:45 de la tarde, salí de la clase de diseño gráfico, aquel laboratorio se había transformado en un taller de foto montaje, arto de quitar arrugas, barros, cicatrices y manchas de las fotos que el profesor llevó para que practicáramos, me dirigí a tomar la ruta 114, que aunque tiene fama de ser peligrosa, acostumbro siempre tomarla, porque es la que menos da vueltas para llegar a la carretera norte.
Apretado, sudado, sucio y hasta con un codazo en la frente, bajé de “la mortal 114” en la parada de la subasta. Abordé en seguida el bus que viene del mercado Roberto Huembes y se dirige a Tipitapa, ahí empezó “el viaje sin fin”, dos hombres en completo estado de ebriedad, tatuados hasta los párpados, con los pantalones a “media raja” y cuchillo en mano, abordaron el autobús, inmediatamente, uno de los dos, el más delgado, con una cicatriz en el ojo derecho y sarcásticamente con un enorme tatuaje de la virgen de Guadalupe en la espalda, me volteó a ver y me señaló con el cuchillo, me lo deslizó por el cuello y me dijo: “te voy a peinar chele”, mis manos empezaron a sudar, me dolía la cabeza y hasta malestar estomacal me dio.
Un joven que venía a la par mía, tenía cara de pocos amigos, actitud arrogante, de complexión muy corpulenta y definida, usaba unos enormes lentes y escuchaba música con su ipod, se molestó y confrontó al ladrón, lo insultó con toda clase de obscenidades y hasta lo empujó.
--Él anda con migo- le dijo el joven, y el ladrón, con aparente temor, pues físicamente en desventaja, dijo que siendo así, no pasaba nada, al aproximarse el momento en que los matreros bajarían, uno de los dos, el más cobarde, quiso hacerle parada al chófer, pero el otro siguió insistiendo y dijo: --esperate, vamos a ver qué agarramos más adelante--, mi palpitación y ritmo cardíaco aumentaron a tal punto, que mi pecho saltaba como el de un perro.
Mi compañero de viaje, me ayudó a engañar a los ladrones, nos pusimos de pie, y ellos al pensar que yo me bajaría, se adelantaron y bajaron a toda prisa, cuál fue su asombro al darse cuenta que no me bajé y el conductor del autobús no los dejó subir otra vez, porque según él, le iban a marcar en las barras electrónicas.
Luego de dar las gracias a quien me salvó la vida y de quien del susto, ni el nombre recuerdo, me dirigí a mi casa, la media hora que duró una eternidad, llegó a su fin. Mi mamá cerró con broche de oro, pues, cuando llegué agitado, creyó que iba drogado, y, al contarle mi trágico viaje, sólo pudo decir: --te lo dije--
